La revolución de la esperanza

09.01.2018

LA REVOLUCIÓN DE LA ESPERANZA (Erich Fromm)


"Si bien es cierto que para actuar el hombre primero tiene que pensar, también lo es que, si no tiene la oportunidad de actuar, su pensamiento se apaga y pierde su fuerza".

A estas alturas no hace falta explicar que vivimos en una sociedad absolutamente digitalizada y pocos son los que no saben ya las consecuencias psicológicas que esto supone. Algunos efectos son el aumento de la ansiedad, la falta de concentración o la sensación de aislamiento y soledad. El hombre postmoderno a pesar de haber llenado su vida con incansables actividades es, esencialmente, un ser pasivo e improductivo. Aunque se ha colmado de ocupaciones para aliviar su silencioso aburrimiento, en pocas ocasiones éstas tienen una dimensión creativa. Normalmente son actividades pasivas que el hombre consume sin comprometer su imaginación. Esto que podríamos llamar una patología de la normalidad produce en el hombre anhelos que lo arrastran a una vida de continua insatisfacción. El efecto feedback se hace patente. Muchos confunden la felicidad, con la mera satisfacción de sus deseos, sin importar la calidad de la misma. El hastío continuado ha dejado de ser consciente y se ha transformado en un sentimiento generalizado de desesperanza. La rueda del consumo lleva a la humanidad por una corriente que es imposible parar y es entonces cuando el hombre quebranta una de sus leyes más primitivas, esa que dice: "La esperanza es lo último que se pierde".

"La esperanza es un elemento decisivo para cualquier intento de cambio".

Pero aún nos quedan muchas cosas por perder antes que la esperanza. Esperar forma parte de la vida. Tomamos decisiones continuamente, y en la mayoría de los casos no podemos estar seguros instantáneamente de que la elección sea la adecuada. A no ser que contemos con un sofisticado método predictor fiable (que llamamos estadística y en absoluto es fiable), lo único que nos queda es la vieja esperanza.

La esperanza es un estado paradójico, pues en el mismo acto de esperar que algo ocurra contemplamos la posibilidad de que no ocurra. Es el elemento que nos motiva a acercarnos a cuestiones que implican incertidumbre. Pero el hombre que ha perdido la esperanza, en consecuencia, ha perdido también el interés. Tener interés significa transcender a la mente autocentrada, ver más allá de uno mismo. Al perder el interés, también hemos delegado la responsabilidad. Ahora creemos que nada de lo que acontece en nuestra sociedad nos compete. Siempre es culpa del Gobierno, las empresas, el sistema educativo...etc. Y como consecuencia final, por haber abandonado nuestras responsabilidades, hemos renunciado también a nuestra libertad.

"Tener fe es un estado, una forma de ser".

Creemos que no somos libres y eso es lo único que no nos hace libres. Si uno mira el panorama mundial como un cautivo mira el exterior de su celda, no he de extrañarnos que éste resulte absolutamente desolador. Cuando un hombre es capaz de responsabilizarse de los acontecimientos de su sociedad e interesarse por cambiarla, despierta en él un sentimiento de esperanza. Y esa esperanza, que no es otra cosa que una fe en sí mismo, es el motor principal del cambio.

Tenemos el deber de participar creativamente de la realidad en que vivimos, si queremos que esa realidad sea diferente. No se trata de obviar la existencia de injusticias, ni infravalorar el poder de las decisiones políticas y empresariales en nuestras vidas. Más bien se trata de hacer un uso más realista y consciente de esa libertad que creemos haber perdido. Hay que invertir el proceso. Lo primero que debemos hacer es tomar conciencia de la responsabilidad de nuestros actos como ciudadanos y consumidores. Una vez conseguido esto, deberíamos empezar a interesarnos por la diversidad de ofertas políticas, culturales y de consumo en general que tenemos a nuestro alcance. Gracias a nuestra capacidad de juicio crítico podremos elegir la opción que más se corresponde con lo que deseamos que ocurra. Automáticamente la esperanza de que el cambio es posible nacerá en nosotros. Esta esperanza actuará como un catalizador y nos motivará a realizar cada día más cambios en nuestra propia vida. Y cuando miremos al exterior, con la visión de un hombre o una mujer libre, nos hallaremos ante un panorama más esperanzador, pues veremos a nuestro alrededor las cosas que hemos decidido cambiar.

La esperanza de que algo cambiará mañana solo puede nacer de la fe genuina en que nosotros estamos cambiando algo hoy.